Cuando el grisáceo invierno se viste de primavera y con la llegada del mes de Mayo, tiene lugar la celebración de la Romería más trascendental de cuantas se celebran, la cual de hecho acumula siglos de tradición aglutinando la fe viva del pueblo andaluz. Por este motivo, las diferentes hermandades rocieras salen de sus lugares de origen para estar en la Aldea del Rocío y participar en los actos de romería en honor a la Patrona de Almonte, la Virgen del Rocío, con motivo de la festividad de Pentecostés. Es por ello que los hermanos de la Hermandad del Rocío de la trimilenaria ciudad de Cádiz, en la tarde del lunes previo a la fiesta de Pentecostés, se concentran en la Parroquia de San José para llevar a cabo el solemne traslado del Simpecado al altar mayor desde la capilla que posee la hermandad en el templo de extramuros, siendo este el primer momento de la romería y donde los rocieros inician los actos espirituales que conlleva el camino hacia el encuentro con la Blanca Paloma.
“Amanece, llega el alba a la luz del día, levántate que salimos de Romería…»
Con este soniquete el sentir rociero gaditano despierta cada año el martes previo a la fiesta de Pentecostés. En las caras de los romeros se refleja la ilusión por emprender un año más el camino. Desde muy temprana hora, los hermanos gaditanos se citan en San José para realizar el rezo del Santo Rosario y asistir posteriormente a la eucaristía preparatoria del camino, predicada por el Director Espiritual de la Hermandad. Momento en el que se ponen en las manos de la Virgen todas las intenciones y peticiones, así como la protección de los romeros que realizaran el camino. Mientras tanto y en el exterior del templo aguarda la Carreta del Simpecado tirada por las mulas a las órdenes de sus carreteros.
Con el final de la Misa de Romeros, se emprende un duro y largo camino, una jornada maratoniana, intensa y dura para los romeros, la primera de las cuatro que necesitan para llegar el viernes a la aldea. Se desatan las pasiones cuando el Simpecado abandona la iglesia de San José acompañado por un sinfín de vivas a la pequeña imagen de la Virgen del Rocío, poniendo rumbo al centro de la ciudad en busca del Convento de Santo Domingo para despedirse de la Patrona de Cádiz, la Virgen del Rosario. A través de la avenida principal, numerosos son los pequeños de los colegios cercanos que interrumpen sus clases para contemplar el paso de la carreta y despedir a los romeros que tras el simpecado entonan cantes y plegarias a la Virgen.
Tras atravesar las puertas de tierra y adentrarse en el casco antiguo de la ciudad, la carreta del simpecado se postra ante la Virgen del Rosario y se procede a realizar la tradicional ofrenda floral, donde son recibidos por la comunidad dominica, recibiendo la bendición de la madre de los gaditanos para que los rocieros tengan un camino de confraternidad cristiana y le presenten a la Virgen del Rocío las peticiones del pueblo gaditano. Tras el encuentro con la Virgen del Rosario, la comitiva rociera se dirige rumbo al colegio de los Salesianos, situado en los extramuros de la ciudad, donde tiene lugar el rezo del Ángelus, acompañados por los hermanos de la hermandad de María Auxiliadora y de la Cofradía de Penitencia de Jesús del Amor Despojado quienes comparten este momento del camino con los romeros gaditanos.
Pasado el mediodía, y tras un breve paso por el Hospital Puerta del Mar donde se lleva a cabo en rezo de un oración por todos los enfermos que allí se encuentran, la caravana gaditana discurre por el barrio de la laguna para volver a incorporarse nuevamente a la avenida principal para abandonar la ciudad y realizar su primera parada en el Subsector de la Guardia Civil. Una vez allí se procede a organizar la caravana, la cual pone rumbo a Sanlúcar de Barrameda por el puente Carranza, realizando la primera parada del rengue del almuerzo en los pinares de la barriada del rio de San Pedro, termino municipal de Puerto Real. En el ambiente de confraternidad rociera se mezclan las sensaciones y deseos de querer estar ya en las arenas de Doñana, y la pena de quienes se despiden de la Hermandad al no poder realizar el camino.
Una vez finalizada la parada para el rengue, los romeros gaditanos empreden su camino hacia Sanlúcar de Barrameda, donde a media tarde y tras realizar una oración ante la capillita de la Virgen del Carmen de Bajo de Guía, se realiza el cruce del río Guadalquivir hasta la playa de Malandar, ya en las arenas del Parque Nacional de Doñana. Tras las idas y venidas de las barcazas a ambas orillas, y con la comitiva gaditana ya dispuesta para reemprender el camino, la carreta del simpecado se adentra en un sinfín de pinares y surcos de arena. Cae la tarde sobre la marisma, y casi con los últimos rayos del sol, los romeros gaditanos llegan a la acampada situada en el Palacio de las Marismillas, para vivir la primera noche del camino.
La más esperada y singular por eso de ser la primera y la que todos desean. Tras el montaje de la acampada y reponer fuerzas en la cena, tiene lugar el rezo del Santo Rosario con el que se pone fin a la primera jornada del camino. Jornada dura que merma el cansancio de algunos romeros que optan por marcharse a descansar, mientras otros prefieren velar al simpecao en la noche al son de guitarras y sevillanas disfrutando bajo las estrellas de un marco inigualable al alcance de muy pocos, haciendo verdad esa sevillana que dice que una noche en el camino no se cambia por nada…
“El camino que yo sueño, tiene un surco en verea…”
Jornada de Miércoles. Segundo día de camino. Desde muy temprano y tras el ofrecimiento del día la comitiva comienza a recoger el campamento para reemprender el camino. Con los primeros rayos de sol los carreteros tiran de las mulas del simpecado iniciando la marcha de la Hermandad hacia las dunas del Cerro del Trigo, el tintineo de las campanas de la carreta acompaña a los peregrinos que agarrados a la barra trasera cumplen con sus promesas de llegar andando hasta la Blanca Paloma. Doñana nos muestra sus mejores galas acogiendo a los romeros entre un laberinto de verdes pinares, mientras la fauna y la flora contemplan con curiosidad el paso de las carretas. En torno al mediodía en la zona conocida como la laguna del carrizal se procede a realizar el rezo del Ángelus, momento en el que los peregrinos recuperan fuerzas. La caravana se arremolina en torno a su simpecado y las guitarras entonan sevillanas agradeciendo que en nosotros vive la devoción al Rocío.
El día más duro y trabajoso al que se enfrentan los romeros gaditanos comienza a explicar por qué al reemprender la marcha, cuando se cruzan las temidas arenas del Cerro del Trigo, provocando más de un quebradero de cabeza por los constantes atascos de los vehículos de tracción mecánica. A pesar de las dificultades todos juntos en hermandad se llega a la zona de Carboneras donde tiene lugar la parada del almuerzo. Tras el rengue la hermandad se hace de nuevo en camino para continuar por la zona de los pinares de los cortafuegos hasta llegar al Cerro de los Ánsares, donde la vegetación escasea y las arenas se hacen dueñas de la senda, mezclándose la dureza del camino con la emoción por las vistas que regala a los romeros.
Tras momentos de tensión por los atascos, de cansancio acumulado por el duro día y de convivencia en las arenas de los Ánsares, a la atardecida y antes de que el sol le pase el testigo a la luna, la Hermandad con su simpecado al frente llega a la zona denominada como Corral de Félix, donde tiene lugar la segunda noche de pernocta. Tras volver a montar y disponer todo lo necesario para la acampada, los romeros gaditanos se concentran en pequeñas reuniones donde se consumen todo tipo de viandas y su buen caldo calentito. Una noche más y para desmentir ese dicho de que al Rocío solo se va de fiesta, antes de la medianoche los hermanos se vuelven a concentrar alrededor de su simpecado para proceder a realizar el rezo del Santo Rosario, tras el cual se suceden cantes por sevillanas y plegarias a la Reina de las Marismas, pudiendo contemplar como los romeros buscan calor en el alma para fortalecer su devoción en la fría madrugada.
“Si rociera es mi huella, mas rociera es mi fe…”
Amanece la jornada del jueves en el Parque Nacional de Doñana. A los sones del tambor y la flauta rociera despiertan los romeros. Tras dos intensas jornadas el cansancio ya se hace latente en los rostros de los romeros, así como en la carreta del simpecado, que también comienza a notar los días de camino ya que sus flores comienzan a marchitarse y el polvo cada vez se encuentra más impregnado en la orfebrería de plata que luce la carreta. Si el del miércoles es el más duro, quizás el jueves sea el día más llevadero, al menos en cuanto a la dureza del peregrinar, ya que en esta jornada de jueves la comitiva inicia su camino pasado el mediodía, ahorrándose el madrugón de las dos jornadas anteriores. Momentos de reflexión para acordarse de los hermanos que se han quedado sin poder hacer camino se viven en el ofrecimiento de la mañana, el cual coincide con el rezo del Ángelus. La caravana al paso de las mulas abandona el Corral de Félix y emprende el camino por el cancelín atravesando las lindes. A un ritmo relajado pero constante se llega a la parada del almuerzo, la cual tiene lugar en la Laguna del Sopetón, zona limítrofe al sistema dunar y a las marismas, espacio acuífero que permite que el nivel de agua sea más constante y permanente, con menor oscilación y dependencia de la marisma, lugar de parada para las aves migratorias y una auténtica maravilla a ojos de los romeros.
Tras el almuerzo y a primera hora de la tarde, se organiza de nuevo la caravana rociera para emprender el camino en busca del Palacio de Doñana. Comienza así al trecho del camino más liviano para los peregrinos, a los que el sol deja huella en sus rostros ante la ausencia de vegetación. A la llegada al Palacio de Doñana se aprovecha para el avituallamiento de las mulas de la carreta, continuando a través de la Raya de las Perdices hacia el Aguaperal donde se realiza la pernocta. La carreta se dispone bajo dos grandes eucaliptales para protegerla del relente de la madruga y el campamento se organiza en torno a su simpecado para vivir la última noche del camino. La más emocionante al encontrarse el Rocío a tan solo siete kilómetros, pudiéndose contemplar en el horizonte de la oscura noche la iluminación artificial de la Aldea.
Es también la noche del reencuentro con aquellos hermanos que no han podido realizar el camino y que no han dudado en caminar la distancia que separan el Rocío de la acampada para poder disfrutar del camino. Sera durante la cena cuando se intercambien impresiones, las anécdotas, las dificultades y las emociones vividas durante estos días de camino. Los romeros de concentran una noche más en torno a su simpecado para el Rezo del Santo Rosario, tras el cual esta última noche del camino de ida se vive con intensidad por la alegría se saber que en apenas unas horas se producirá el esperado encuentro con la Virgen del Rocío, la causa de nuestras vidas, la razón de nuestro peregrinar, el faro que nos guía y a quien imploramos su protección en nuestro día a día.
“Andando roto y cansao, mientras me quede un latío yo vengo a verte Rocío…”
Cuando los peregrinos gaditanos se levantan en la jornada del viernes, saben que llega el gran día de postrase ante la Virgen del Rocío y que todo esfuerzo ha merecido la pena. Las caras de cansancio se entremezclan con las del nerviosismo. Mientras el campamento se dispone a recoger todos sus bártulos, las carretas de los simpecados de las hermandades que han pernoctado juntas se disponen a celebrar en comunión la Santa Misa. Un momento tradicional que no por repetirse cada año deja indiferente a nadie. Finalizada la Eucaristía, llega uno de los momentos más esperados por quienes vienen realizando por primera vez el camino, el bautizo de los nuevos peregrinos. Peculiar rito mediante el cual se derrama vino sobre la cabeza del romero, rociándolo de sal y posteriormente pronunciando el nombre elegido por los padrinos del bautizado. Estos últimos son los que dan fe de la celebración de uno de los rituales más significativos y característicos de la romería del Rocío. Ritual mediante el cual eres acogido en la gran familia rociera siendo testigo de ello el bendito Simpecado de la Hermandad.
Finalizados los bautizos, la caravana se dispone nuevamente en los surcos del camino para emprender la marcha hacia la Aldea del Rocío. Tras atravesar la Raya Real, se llega a la charca del eucaliptal donde tiene lugar el rezo del Ángelus junto a la Hermandad de Arcos, últimos momentos del camino que se viven en fraternidad entre los romeros. Finalizado el rezo se emprende de nuevo la marcha transitando por la zona de la Canaliega, desde donde ya se puede contemplar la blanca espadaña de la Ermita de la Virgen del Rocío. Momento en el cual el corazón ya late diferente y el pulso se acelera. Los peregrinos que acompañan al simpecado ya vencidos por el cansancio apuran sus esfuerzos, saben que la recompensa está cerca y a pesar de la nube de polvo que les acompaña siguen firmes en sus promesas de llegar andando hasta la Virgen. Una vez abandonado ya el Parque Nacional de Doñana se discurre por la vereda de las tinajas, vial de acceso a la Aldea del Rocío. En estos últimos metros del camino será el momento para que los romeros que no han podido hacerlo le den el encuentro y reciban al simpecado para poder acompañarlo hasta la casa de hermandad.
Recorriendo la calle Baltasar Tercero y la Plaza Mayor, los romeros gaditanos irán anunciando a la brisa marismeña que Cádiz llega a la aldea del Rocío. Las campanas de la Casa de Hermandad situada en la calle El Cohetero repican por alegría para recibir a los romeros gaditanos. Se viven sin lugar a dudas los momentos de mayor emoción y satisfacción cuando tras cuatro duros días de camino el reencuentro con la madre se va a producir. Salves, plegarias, vivas, oraciones, rezos, sevillanas que rompen el momento en lágrimas y abrazos como consuelo ante tanto anhelo y esfuerzo por esta a su vera un año más.
“Cádiz ya está aquí, como cada primavera por ver tu cara Rocío…
La Hermandad del Rocío de Cádiz vive en la jornada del sábado, uno de los momentos más especiales cuando tiene lugar su presentación ante la Blanca la Paloma. Desde el mediodía comienzan a desfilar por las calles adyacentes a la Ermita las carretas con los respectivos Simpecados de las primeras Hermandades Filiales, haciendo de la aldea almonteña una larga procesión de carretas acompañadas por sus romeros.
Mientras tanto, se vive igualmente un ambiente festivo durante toda la mañana en la casa de hermandad. Se produce la visita de los numerosos hermanos venidos desde la ciudad de Cádiz que se darán cita para acompañar en la presentación a la hermandad, disfrutando así de un momento de confraternidad durante la jornada. Se dan los últimos retoques a la carreta del simpecado, la cual fue sometida durante la noche anterior a labores de limpieza y de cambio de flores para que luzca elegante durante la presentación. A la hora del almuerzo se vivirán momentos de convivencia, de compartir impresiones y realizar las primeras valoraciones de los momentos vividos durante la primera parte de la romería, mientras por la megafonía se sucede el nombramiento de las respectivas hermandades para que acudan a la presentación.
El alborozo se desata con ese júbilo que trae la gente de la Bahía por las calles de la aldea cuando la carreta se dirige para presentarse ante la Reina de las Marismas. En esa explosión de colores, la tarde aun le deja al sol disfrutar el eco de un tanguillo que retumba en la concha peregrina a los sones de la guitarra y las voces de los romeros gaditanos. Los relojes ya rotos; ¡Dios te Salve, Reina y Madre, de Misericordia! Los mulos descansan, se respira un silencio sepulcral roto por las voces que susurran. ¡Vida y Dulzura, Esperanza Nuestra! ahora el silencio se mete en las venas como el polvo en los pulmones. Los sentimientos bullen, se destila emoción por todos los poros. El abrazo emocionado de los que se quieren. La complicidad de quien te trajo al Rocío por primera vez. La arena esparcida por la leve pendiente que te lleva hasta la gloria. Se presiente el estallido en el grito de cada ¡VIVA! Se te queda grabado el nombre de la madre, la muchedumbre te guarda las espaldas y sientes la felicidad clavada como un dardo divino que nadie va a quitarte nunca, porque ya puedes decir que ha empezado el Rocío, tu Rocío, porque Cádiz ya está aquí, con su carreta de plata por los caminos ha venido, como cada primavera por ver tu cara Rocío…
“Los rocieros proclaman, abrir las Puertas del Cielo…”
El día más emocionante y esperado por los peregrinos. Mientras la Virgen del Rocío aguarda el momento de que los almonteños salten la reja, tiene lugar en el real del Rocío la celebración de la Santa Misa Pontifical de Pentecostés. La celebración está presidida por el Obispo de Huelva acompañado de los respectivos directores espirituales de las hermandades filiales y de la Matriz de Almonte. En torno al monumento de la coronación canónica de la Virgen del Rocío, en un altar montado para la ocasión, se colocan los respectivos Simpecados dibujando una estampa impresionante. Durante la misma la Hermandad Matriz de Almonte realiza pública protestación de fe, proclamándola el secretario de la Matriz y luego ratificada por todos los hermanos mayores de las respectivas hermandades filiales. En torno al mediodía se da por finalizada la celebración de la eucaristía, dando paso a la salida de los Simpecados para posteriormente iniciar el camino de regreso hacia sus respectivas casas de hermandades.
Tras regresar de la Misa Pontifical los distintos romeros se disponen a vivir el último día de la romería por todo lo alto. Mientras tanto, en la Ermita se celebran misas a la que acuden numerosas hermandades durante la tarde. Entrada ya la noche, los Simpecados de las respectivas hermandades comienzan a marchar en busca de la plaza de Doñana donde tiene lugar la concentración de todas las hermandades filiales para, posteriormente, iniciar la celebración del Santo Rosario por orden inverso de antigüedad. Mientras los distintos Simpecados van pasando por delante de la puerta principal de la Ermita, en el interior de la misma la tensión es inevitable en los almonteños que se agarraban a la reja.
Una vez que el Simpecado de la Hermandad Matriz de Almonte entra en el interior de la Ermita una vez terminado el rezo del rosario, Almonte salta la reja y saca a hombros a su Patrona. La espera se consume y los sueños de los romeros se hacen realidad cuando la Reina de las Marismas es portada por sus hijos Almonteños. Un repicar de campanas anuncia la salida de la Virgen por la puerta principal del templo. Tras salir de la ermita y procesionar durante unos minutos por la explanada de la marisma, la Virgen comienza su recorrido procesional. El primer Simpecado que visita, como manda la tradición, es el de la Hermandad del Rocío de Huevar del Aljarafe, donde se entona la primera de todas las salves que recibe la Reina de Almonte a lo largo de su discurrir por las calles de la Aldea durante toda la madrugada y la mañana del Lunes de Pentecostés.
“Rocío, Rocío, Rocío, así resuena tu nombre dentro del corazón mío…”
Poco a poco y mientras la Virgen continua visitando las casas de hermandad y los respectivos simpecados, en la casa de hermandad del Rocío de Cádiz los romeros se preparan para salir al encuentro con su madre. ¡Ya ha pasado la Virgen por Coria! podríamos decir que es el pistoletazo de salida para prepararse y que posteriormente el simpecado salga de su capilla acompañado por largas filas de romeros para dirigirse al lugar asignado para recibir la visita de la Virgen en el número 41 de la plaza del Acebuchal, junto a la casa de Hermandad de Triana.
Cuando el amanecer comienza a vencer a la madrugá, se acerca la Reina de las Marismas navegando entre un mar de almonteños hasta el simpecado gaditano. Las lágrimas de emoción y alegría llenan los ojos de los rocieros al tenerla un año más cerca para poder entonar la efímera salve. Palmas, aplausos, vivas y olés para recibirla. El sacerdote es subido a hombros y entona la salve. Se cumple el sueño de los romeros gaditanos que partieron de su ciudad el martes. Cuatro duros días de camino, mucho cansancio, pero todo vale la pena por disfrutar de este momento en el que la Virgen visita al pueblo gaditano. Tras la visita de la Virgen al Simpecado se suceden los abrazos por estar junto a ella y con la esperanza del año que viene poder volver. Seguidamente los romeros regresan a la casa de hermandad para depositar en su capilla el Simpecado. Ya con la alegría de haber sido bendecidos por la Virgen, muchos son los que no dudan en volver a buscarla para disfrutar de la procesión.
Durante la mañana, la Virgen está acompañada de numerosos romeros, viviéndose momentos intensos en diferentes puntos de la procesión en la casa de las camaristas, la visita a la hermandad de Huelva, los numerosos simpecados en la explanada de la calle Almonte, así como el discurrir de la Virgen por la calle carretas (antigua Moguer) hasta llegar a la casa hermandad de Almonte, la última que visita antes de regresar al interior de la Ermita. Una vez la Virgen es depositada de nuevo en su altar, es el momento de dar gracias por haber podido disfrutar un año más de la Romería, y también de pensar en la del año siguiente sabiendo que el Rocío poco a poco ya se escapa de las manos…
“Quien se pudiera quedar, como una vela encendía Rocío junto a tu altar…”
El fin de la procesión de la Virgen en la jornada del lunes pone el punto y seguido a lo que podríamos considerar tercera parte de la Romería. Aún queda lo que algunos privilegiados consideran la propina; El Camino de Vuelta. Después de todo lo vivido y sentido en los días de celebración de la Romería en la aldea, es momento de partir a cada lugar de origen. El camino de vuelta, conocido como el camino de la nostalgia, en el que, a pesar de que aun la romería disfruta de sus últimos coletazos, el ambiente que envuelve al rociero es más bien distinto del que disfrutaba durante el camino de ida. Desde muy temprano los romeros se disponen a prepararse para afrontar tres días de camino en el que de nuevo tocará disfrutar de los parajes de ensueño del Parque Nacional de Doñana. Antes de emprender el camino será el momento de despedirse de la Virgen a las puertas de la Ermita donde tendrá lugar el rezo de la Salve ante la Virgen. Es la oportunidad de dar gracias por tanto concedido en esta romería e implorar protección para los días que aún restan hasta llegar a Cádiz.
La caravana se adentra en Doñana atravesando la Canaliega. Nos acompaña lo vivido. Cada romero se lleva consigo múltiples emociones que les servirán como bálsamo cuando todo pase a formar parte del recuerdo. El Coto se queda solo al paso de las carretas. Estampa mil veces cantada, pero al mismo tiempo inenarrable en sí misma porque del Rocío se retorna distinto, enriquecido por las vivencias y tras haber visto a la Virgen por las calles de la aldea. Caminando ya por las arenas tiene lugar el rezo del Ángelus junto a las hermandades de Chiclana de la Frontera y Jerez en la zona conocida como Pilón del Lobo. Sin lugar a dudas será uno de los momentos más emotivos del camino de vuelta.
Continua Cádiz hacia la Laguna del Sopetón, previo paso por el Palacio de Doñana donde se realiza una breve parada para reponer fuerzas y dar de beber agua a los mulos que tiran de la carreta del Simpecado. Ya en la Laguna del Sopetón, lugar escogido para el rengue de almuerzo, es momento de seguir compartiendo momentos irrepetibles hasta el próximo año.
Tras almorzar, y con el pensamiento puesto en la Virgen y los días pasados en la Aldea, la Hermandad se pone rumbo a la zona del Corral de Félix, donde tiene lugar la primera parada de pernocta de este camino de vuelta. La relajación del camino de vuelta con respecto al de ida es bastante notable. La llegada a la pernocta se produce en torno a la media tarde, permitiendo montar el campamento con tranquilidad, dando paso a reuniones de hermanos que disfrutan de la convivencia. Quizás sea en la vuelta cuando más sentido se le da al camino, al ser menos personas las que acompañan a la hermandad y todo se vive y se comparte como una gran familia, dando razón al verdadero sentido de la Romería. A media noche, es momento de rezar el Santo Rosario, tras el cual siempre habrá hermanos dispuestos a pasar la noche en vela junto al Simpecado cantando y entonando plegarias a la Virgen chiquitita del Simpecado.
“Las carretas se van, la Ermita llena de rezos y la Marisma en silencio…”
Segunda jornada del camino de regreso a la ciudad. Las sevillanas, las vivencias, el cansancio acumulado hacen de este camino más triste de lo habitual, pero a la vez más sentimental e íntimo para el rociero. Al igual que ocurriera en la ida, la jornada del miércoles es la más dura de las que afrontaran en la vuelta. El paso de los Cerros del Trigo y los Ánsares provocan una nueva oleada de atascos sumados a que las fuerzas ya comienzan a escasear y todo se hace más duro.
A primera hora de la mañana echa a andar la carreta del Simpecado para abandonar el Corral de Félix, para seguidamente proceder al rezo del Ángelus en las dunas del Cerro de los Ánsares. Quizás este rezo sea uno de los más especiales del camino, compartiéndolo con los romeros de la Hermandad del Rocío de Chiclana. El ecosistema de esta zona de Doñana marca el momento del mediodía en el que se invoca a la Virgen del Rocío para saludarla como madre protectora. Hay quien no duda en afirmar que quizás sea el momento en el que más se disfruta de los instantes del camino, ya que la sensibilidad por las experiencias vividas están a flor de piel y hacen que la devoción rociera se haga aún más latente entre los romeros que acompañan a los Simpecados por las arenas de Doñana.
Tras el rezo y abandonar el Cerro de los Ánsares, se continua caminando a través del cortafuegos para ir en busca del rengue del almuerzo. Momento de confraternidad y de disfrutar de todo cuanto nos ofrece estos momentos íntimos del camino de vuelta. Tras el rengue, a primera hora de la tarde los romeros emprenderán el camino hacia el Palacio de las Marismillas, previo paso por la zona de Carboneras. La quietud de la tarde entre los pinos y arenales del camino acompañan el lento caminar de la carreta. El cruce por el Cerro del Trigo vuelve a estar marcado por la melancolía de los peregrinos que ya saben que la Romería comienza a encarar su recta final.
Tras salvar varios estragos en forma de atascos de los vehículos de tracción mecánica, la caravana llega al Palacio de Marismillas al atardecer, donde tendrá lugar la última noche de camino. Es momento de montar por última vez todo el campamento. Antes de la media noche, se concentran los romeros en torno a su simpecado para proceder al Rezo del Santo Rosario donde los pensamientos, sentimientos y emociones se entremezclaran para formar un conjunto de vivencias las cuales son más especiales.
En la última noche de camino se viven los momentos más emocionantes de la vuelta. Al compás de guitarra templada, en el silencio de la noche y bajo la luna marismeña, los romeros gaditanos velan por última vez al Simpecado, cantando y rezando a sones de sevillanas, que en las gargantas rasgadas del cansancio y los días de camino perforan hondamente el sentimiento rociero herido de tristeza y lleno del recuerdo de todo lo vivido.
“Fue todo un año esperando, valió la pena Rocío…”
La jornada del último día del camino se desarrolla de forma frenética y sin pausa. Antes de iniciar el camino, la caravana se dispone a recoger el campamento, procediendo luego al rezo del Ángelus para posteriormente iniciar el trayecto desde Marismillas hasta la playa de Malandar, donde tiene lugar el embarque hacia las arenas de Bajo de Guía, ya en Sanlúcar de Barrameda. Una vez en la otra orilla la caravana se organiza para poner rumbo a los pinares de la barriada del Rio San Pedro, en Puerto Real, donde tendrá lugar la parada del rengue de almuerzo. Tras el almuerzo la caravana parte hacia Cádiz entrando a pie por el puente Carranza, siendo el momento de reencuentro entre los romeros y hermanos que, pese a no haber podido asistir a la Romería, no dudan en recibir y acompañar a su Simpecado en el trayecto por la avenida principal de la ciudad. Parada obligatoria frente al Hospital Puerta del Mar ante el que tendrá lugar una oración por los enfermos. Se continúa el trayecto por la avenida principal a los sones de la sevillanas que suenan tras la carreta hasta llegar a la iglesia de San José. Poco a poco, y tras bordear el templo por la avenida María Auxiliadora, la Carreta se acerca a la entrada de la parroquia y es conducida hasta casi el dintel, donde se procede a bajar de manera cuidadosa al simpecado gaditano.
En manos del Alcalde de Carretas se le hace entrega del Simpecado al Hermano Mayor, en un gesto de entrega de la hermandad tras haber velado por ella durante los días del camino y la romería. Lentamente, y con vivas a la virgen, el Simpecado se adentra por la nave central del templo para llegar hasta el altar mayor, donde es recibido por el Director Espiritual de la corporación. Seguidamente y entonando la Salve, se viven los últimos momentos de la romería, y por tanto los más emocionantes, con los sentimientos a flor de piel tras llegar el momento de echar la vista atrás y guardar en la memoria los días vividos, ya con la mente puesta en la romería del próximo año. A continuación, el Simpecado era portado hasta la capilla de la hermandad siendo acompañado por las oraciones y las sevillanas que van diciendo adiós. Con el simpecado ya en la capilla llega la tarea más difícil para el rociero, recuperar el devenir de las vidas y volver a una realidad bien distinta de cómo se viven los días de la Romería…
Y el Lunes de Madrugá, rondaba un pensamiento cuando te vi entre el gentío, es todo un año esperando, valió la pena Rocío…”.
Cádiz, a 24 de Febrero de 2021
Documento elaborado por Jesús Manuel Montaño Benítez
















